
miércoles, 29 de abril de 2009
jueves, 23 de abril de 2009
Sputnik, mon amour
¿Por qué tenemos que quedarnos todos tan solos? Pensé. ¿Qué necesidad hay? Hay tantísimas personas en este mundo que esperan, todas y cada una de ellas, algo de los demás, y que, no obstante, se aíslan tanto las unas de las otras. ¿Para qué? ¿Se nutre acaso el plante de la soledad de los seres humanos para seguir rotando? Me tumbé de espaldas sobre una piedra plana, alcé la vista hacia el cielo y pensé en la multitud de satélites artificiales que debían de estar girando alrededor de la tierra. El horizonte aún estaba ribeteado de una pálida luz, pero en aquel cielo teñido de un profundo color vino empezaban a brillar ya las estrellas. Busqué en él la luz de los satélites. Pero aún había demasiada claridad para que pudieran apreciarse a simple vista. Las estrellas visibles permanecían inmóviles, cada una en su lugar, como clavadas en el cielo. Cerré los ojos, agucé el oído y pensé en los descendientes del Sputnik que cruzaban el firmamento teniendo como único vínculo la gravedad de la tierra. Unos solitarios pedazos de metal en la negrura del espacio infinito que de repente se encontraban, se cruzaban y se separaban para siempre. Sin una palabra, sin una promesa.
-Haruki Murakami.
-Haruki Murakami.
viernes, 17 de abril de 2009
Viernes
Entonces le di otro giro a la cuestión y le pregunté quién había hecho el mar, la tierra que pisábamos, las montañas y los bosques. Me dijo que era en anciano Benamuckee, que vivía más allá de todo. No pudo decirme nada sobre este personaje, sólo que era muy viejo, mucho más viejo que el mar y la tierra, que la luna y las estrellas. Le pregunté entonces por qué aquel anciano, que había hecho todas las cosas de la tierra, no era venerado por ellas. Se mostró muy grave y con una mirada de perfecta inocencia dijo:
-Todas las cosas le dicen: <<¡Oh!>>
-Daniel Defoe - Robinson Crusoe
-Todas las cosas le dicen: <<¡Oh!>>
-Daniel Defoe - Robinson Crusoe
viernes, 10 de abril de 2009
miércoles, 1 de abril de 2009
Remembering John (28/08/2008)

Oh, mierda".
El chico moreno llevaba por lo menos dos horas ensayando ese maldito acorde. (Haber estado dos horas era todo un récord para él, que sólo aguantaba quieto cinco minutos).
Por mucho que escuchara la melodía, memorizara la posición de los dedos e intentase dejar la mente en blanco sólo por ese acorde; sabía que no le saldía jamás. (En aquella época solía ser un derrotista).
Su tía ya había subido cuatro veces a su habitación para quejarse del ruído constante de la guitarra. (Sí, porque sólo era ruído para él, nunca sería bueno, sólo era un chico de Liverpool).
Decidió dejar la guitarra cuidadosamente en una esquina (a salvo de la puerta) y bajó como un rayo las escaleras. Al salir a la calle, el frío de Diciembre le heló el alma, pero siguió caminando. Llegó a los astilleros y automáticamente se vio a él mismo con 20 años, trabajando allí. (Y todo por un maldito acorde, aunque la mayor parte de la culpa la tenía ella).
"A la mierda los Quarrymen, Presley, Buddy Holly, Little Richard, el Skiffle, el Rock, el Rythm & Blues y todo. A la mierda mamá. A la mierda, Alfred Lennon. A la mierda, John".
Mirando hacía la desembocadura del Mersey, suspiró.
John Lennon no era así, claro, el problema era sólo Julia. Maldita Julia Stanley. Prometiendo el futuro y muriendo esa misma tarde.
Entonces un pitido lo devolvió a la realidad.
"¿Señor? ¿Señor, me oye?"
"¡¡JOHN, JOHN!!"
"Cálmese señora, por favor... ¿Señor? ¿Me escucha?"
"Sí..."
"Muy bien, dígame como se llama".
"Lennon, John Lennon de los Beatles".
Y su corazón dejó de latir.
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