miércoles, 19 de agosto de 2009
¿Existe sensación mejor que descubrir un gran disco? Sí, redescubrir un gran disco. Estaréis de acuerdo conmigo en que, más allá de los clásicos que permanecen inmoviles en nuestros reproductores, son muchos los álbumes que aun habiendo sido la banda sonora de una época en concreto de nuestras vidas, acaban olvidados en un estante acumulando polvo. Luego llega un buen día en el que sin saber muy bien el porqué, sin tener muy claro lo que quieres escuchar, lo recuperas de su letargo y vuelves a experimentar todas esas sensaciones que ya en su día te mesmerizaron. Es como reencontrar a un viejo amigo y comprobar que pese al paso del tiempo aún son muchas las cosas que os unen, aunque éstas sólo sean retales del pasado. Rememoráis viejas vivencias, recuperáis antiguas hazañas, y, aunque sólo sea por unos pocos instantes, te dejas llevar por una falsa felicidad fraguada a base de nostalgia. Y cuando el disco se acaba, el silencio se apodera de las paredes despertándote de ese estado hipnótico en el que te habías sumido. Ya recuperado, crees que nada es tan bueno como en el pasado, por mucho que el disco que acabas de poner suene jodidamente bien. Un disco éste que cuando llegue a su fin, lo pondrás en su caja y lo olvidarás en un estante, hasta que un buen día, sin saber muy bien el porqué, lo despertarás de su letargo y todo volverá a empezar de nuevo.
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